Hay momentos en tu vida en los que echas la vista atrás y te das cuenta de que todas tus metas, todos tus objetivos y todos tus sueños... se han quedado por el camino.
Llegas a una edad en la que repasas lo que has conseguido y te das cuenta que ninguna de las cosas que te habías propuesto...
Llevaba mucho tiempo sin querer pasarme ni siquiera, llevaba mucho sin querer escribir para no ahondar dentro... Sin querer contar a nadie para no tener que reparar en ello pero, el avestruz, sigue sin servir a largo plazo y, a corto, engaña.
Éste es mi rincón... para el desahogo, para gritar a los cuatro vientos intentando que entre todos puedan llevarse mis desilusiones, para gritar a los cuatro vientos cuando soy feliz y que lo propaguen, para que salga de mí el dolor y que no vuelva...

Al cabo de una larga temporada en la que nada es como debería ser, en la que nada es como quiero que sea, en la que nada es lo que siempre soñé que fuera... me doy cuenta del gran dolor que causa darse cuenta.
Esperé, como siempre; no ocurrió, como casi siempre... pero hoy pude armarme de valor y sacarlo todo fuera. Hoy me atreví a adentrarme, a hurgar, a levantar losa tras losa hasta llegar al más profundo hueco, a desenterrar todo lo que tanto guardé porque... si no lo ves, no existe pero, sí existe, sí estaba y sí permanecía... pudriéndose dentro y a mí...
Hoy, como si de púas clavadas dentro se tratase, me dispuse a sacar una por una... sin prisa, aguantando el dolor que causaba su expulsión pero sin parar de hacerlo por ello, al igual que se continúa un camino sin retorno, aún con ampollas, porque sabes que no debes parar hasta la meta; me dispuse a sacar todo lo que tanto me pesaba y no podía seguir aguantando sola.
Al principio pensé en parar, dejaba demasiada laceración pero, sabiendo que después sería peor y dañaría aún más, continué y continué hasta arrancarlas todas, de raíz, de cuajo... dejando mis volcanes limpios porque nunca se sabe... Sí se sabe, si no los limpias pueden erupcionar y entonces los males serían aún peores... Limpié y limpié cada uno bien a fondo, encontré más de tres; los aseé con esmero, calma, sin precipitarme y escudriñándolos por todos sus lados para no quitar lo servible o dejar parásitos pero, la imagen de mi pequeño planeta no mejoró... Cada uno de mis volcanes se convirtió en una sima sangrante y más titánica aún si cabe... como si al tocarlo creciera desmesuradamente sin fin, a punto de estallar, a punto de reventar y acabar con todo; como si se fuera hinchado tanto cada uno que oprimiera al de al lado, arrinconando hasta la solapación a lo que iba encontrando a su paso... Como si de un juego macabro se tratase, después del tiempo necesario para la aceptación y la mentalización de lo que hay que hacer, en cada hueco de lo arrancado una herida que mana sin cesar y, como el trébol, lo que estaba en su entorno... lo quemó a su paso al salir. Cómo puede ser?, se supone que cuando uno expulsa, libera; se supone que cuando uno saca toda la pudredumbre, descansa; se supone que cuando compartes problemas, se sobrellevan... Por qué todo es peor y al plasmarlos siguen creciendo, también fuera?
Después de armarme de valor para la erradicación del problema, no desaparece; la sensación de malestar, desconcierto, vacío, inestabilidad es mayor y se suma el nudo constante en la garganta y estómago que simpre avisa, y nunca falla, que algo va mal, muy mal...
Hoy es de esos días que sabes que debes hacerlo pero el hacerlo no te sienta bien; sabes que el camino a seguir es el que tienes de frente y no hay otra opción pero también que dejarás tu alma por el camino y terminarás desollada, machacada y, con mucha suerte, en pie pero sin fuerzas que te sostengan. Y, ahí es cuando te miras a ti misma como si de un viaje astral se tratase y te invade la pregunta: por qué? te ves abatida, desbordada y sola con tu escoba limpiadora rodeada de la mugre que acabas de sacar. De pequeña, recuerdo mis caídas, muuuchas, que perdían la importancia con un apósito y dejaban de doler con un abrazo... de adulta no existe ni apósito ni abrazo. Las penas, las aguantas sola; el dolor, el tiempo ayuda a soportarlo; las heridas, terminan cicatrizando aunque dejen huella...
Hoy, más que hace mucho tiempo, necesito este momento para mí y poder dejar que brote cada sufrimiento... He tardado demasiado tiempo en permitirme tirar lastre, hoy me armé de valor.
Los sueños se truncan, y hay que aprender a vivir con ello...
Hoy es el primer día de terapia...
T-0, B-1 No ha salido bien, la terapia hoy no sirvió!
La duración media de un abrazo entre dos personas es de 3 segundos. Pero
los investigadores han descubierto algo fantástico. Cuando un abrazo
dura 20 segundos, se produce un efecto terapéutico sobre el cuerpo y la
mente. La razón es que un abrazo sincero produce una hormona llamada
“oxitocina”, también conocida como la hormona del amor. Esta sustancia
tiene muchos beneficios en nuestra salud física y mental, nos ayuda,
entre otras cosas, para relajarse, para sentirse seguro y calmar
nuestros temores y la ansiedad. Este maravilloso tranquilizante se
ofrece de forma gratuita cada vez que tenemos a una persona en nuestros
brazos, que acunamos a un niño, que acariciamos un perro o un gato, que
estamos bailando con nuestra pareja, cuanto más nos acercamos a alguien o
simplemente sostenemos los hombros de un amigo.



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